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Entrevista, realizada en septiembre de 2007 en el marco del Congreso de Antropología de la Federación de Asociaciones de Antropología del Estado Español (FAAEE) celebrado en San Sebastián- Donosti. Marcela Lagarde hace un repaso de su recorrido vital a través del feminismo, el activismo, la acción política, la antropología y la academia.

 

¿Primero fue el feminismo y luego la antropología o viceversa? 

Ahora sé, por lo que he aprendido, que yo soy un producto del feminismo. Yo ya, en el ámbito en el que nací, estaba impactada por el feminismo, por la igualdad, por el derecho de las mujeres a la educación, por la participación política, por la libertad sexual… yo fui educada en todo esto cuando no se usaba mucho. Pero en México eran ámbitos sociales avanzados y progresistas muy interesantes. Y soy producto de eso. Luego supe que se llamaba “feminismo”. Pero el anhelo de igualdad fue muy temprano, ya que tuve conciencia de género desde muy chica. Cuando le pude poner nombre a todo eso, ya centré mi vida en pro de la justicia frente a la desigualdad y al sexismo, que me impresionaba mucho. Yo me rebelaba mucho al sexismo en la sociedad y en las relaciones familiares.

En tu tesis, que luego salió publicada como libro bajo el título de “Los cautiverios de las mujeres: madres, esposas, monjas, putas, presas y locas”, tenías clara tu visión feminista

Ese libro ya es el resultado de mi revolución feminista. De la mía personal: la interna y la social. Ese libro tardé ocho años en escribirlo. Lo que debatíamos en el movimiento feminista de esa época era la conciencia de la opresión, pero a mí me interesaba también como problema teórico: yo encontraba unas vaguedades… como que todo el mundo hablaba de “discriminación”, de “opresión”, de “exclusión”, pero casi adjetivalmente.

Entonces comencé una exploración teórica, epistemológica y política que me fascinó. El libro es una construcción de una teoría política feminista sobre la opresión de género. Pero yo en esa época ya era militante del movimiento feminista. Yo siempre fui de izquierdas. Y la izquierda de la que yo fui izquierda, era feminista. Yo me volví feminista en 1974, que es un año clave en mi vida.

 

¿Qué pasó? 

Ese año ingresé al partido comunista. Y las comunistas éramos feministas, iba pegado. Yo me volví feminista en el partido comunista. No tuve que hacer como otras, las italianas, que se fueron de los partidos para poder ser feministas. También me volví sindicalista e hice muchas cosas en esa época, como terminar mi doctorado. Es un año hito en mi vida.

 

¿Fue ahí cuando te vinculaste a la academia? 

Desde que entré a la Escuela de Antropología, a los 18 años, siempre estuve en la academia porque siempre fui ayudante de mis profesores y eso me permitió convivir con ellos y que el mundo académico fuera mi mundo. Yo soy una académica absoluta. Para mí la academia es fundamental y siempre estuve en la academia. Fui estudiante, luego escribí mi tesis de licenciatura y maestría en la universidad y ahí rápido concursé y fui profesora desde muy joven. Yo tengo más de treinta y cinco años de ser profesora. ¡Era profesora de gente mucho mayor que yo! A mi me encanta la epistemología, la teoría y siempre estuve en debate, en revistas. Ese es mi mundo, que me gusta mucho. Aunque tengo muchos mundos.

 

¿Cómo compatibilizabas la universidad y la actividad política? 

En la universidad yo estudiaba el doctorado, al mismo tiempo era mamá de una niña chiquita de la que me hacía cargo -ya que el papá estaba muy ausente-, aunque me ayudaba mucho mi madre. En ese mismo año, además de ser profesora también en la maestría, me volví sindicalista y además comunista. Todo al mismo tiempo: doble militancia  doctorado, niña, revolución en la vida cotidiana ¡Todo! Es conflictivo, pero era lo que yo quería vivir.

 

¿Cuándo se añadió a esa lista lo de ser diputada? 

Lo de diputada es ayer mismo, hace un par de años. Pero yo no he sido una política profesional salvo esos tres años. Siempre fui militante: estaba en el partido comunista y pertenecía a la generación del 68 en México. No puedo entender mi vida sin preocuparme del mundo en el que vivo, por eso siempre he estado en la política como militante. Cuando he estado en partidos políticos he trabajado mucho como intelectual, elaborando mucha teoría política y como educadora y formadora. Luego, cuando después de muchos años fui diputada, ahí sí me volví política profesional a tiempo completo durante tres años de mi vida.

Fue muy duro, porque no es lo mismo que la política sea parte de la vida cotidiana, llena de muchas otras cosas, a que sólo hagas eso. Y yo cancelé todos mis cursos, todos mis viajes, todo. Y me concentré en ser diputada. Eso fue duro. La política en un país como México es un ejercicio profesional donde hay gente de todo y hay que convivir con todo tipo de gente, aprender a hablar con ellas y convencerlas.

 

Y, en todo este proceso, ¿para qué te ayudó la antropología?

Yo soy una mujer feminista, que además tiene la maravilla de ser antropóloga, una antropóloga feminista. Podría ser politóloga, filósofa, chelista o lo que quieras, que sería siempre feminista. Pero me ayuda ser antropóloga y me encanta. En la política lo que yo hice fue llevar mi prestigio de académica. A mí me respetaban por ser académica y porque sabía; y porque era intelectual; y porque tenía  libros publicados; y porque era profesora.

Todo en un espacio en el que hay muchos anti-intelectuales y anti-teoría. Pero me sirvió para que cualquier cosa que yo proponía fuera vista como algo que venía de alguien que sí sabe. “Sí saber”, para mí fue una forma de poder. Y además, sí sabía, que eso era algo muy importante.

La antropología por su integralidad te  permite plantearte problemas, hacer búsquedas interesantes, más complejas que el binarismo o cuestiones por el estilo, y eso me ayudó mucho en la política porque tienes una forma de pensar compleja. Y en la política se trata casi de no pensar. Estar descolocada como antropóloga y como feminista, fue un poder muy importante. Además,  tuve  la oportunidad de hacer una investigación

antropológica muy importante. Nunca se había hecho una investigación así ni se ha vuelto a hacer. Ahora me doy cuenta del valor que tuvo una investigación inédita, pionera en antropología sobre la violencia contra las mujeres y las niñas, lo que me permitió conoce mucho más el problema, su complejidad, sus causas y explicarlas. O sea, la investigación científica antropológica feminista, me permitió explicar de qué se trata el problema. En ese momento fue un recurso para hacer política a favor de los derechos humanos de las mujeres. Esa investigación la usé para demostrar, convencer y para callarles la boca y que dejaran de decirme: “es que eso les pasa a las mujeres por andar en los vicios” o cosas de esas que te dicen.

La investigación para sacar adelante la ley  te confrontó diariamente a la durísima realidad de la violencia de género, ¿cómo lo gestionaste?

Aprendí muchísimo porque tuve que explorar lo jurídico, que casi no conocía. Hice antropología jurídica feminista al construir la ley, que es construir un mundo. Fue algo que me apasionó y que me permitió sobrevivir  esos tres años de mi vida en los que me levantaba todos los días con reportes lo que había pasado el día anterior en diversas partes del país, inmersa en la muerte violenta de mujeres, que era algo terrible.

Sobrevives porque piensas que sí se puede erradicar la violencia. Y, como antropóloga, estoy convencida de que se puede erradicar la violencia. Fui discípula de uno de los estudiosos de la violencia como construcción histórica, no natural ni instintiva, un antropólogo que fue un niño del exilio: Santiago Genovés. Hay una tradición muy importante en la antropología sobre el análisis de la violencia como construcción social y cultural que me ayudó muchísimo. Y al mismo tiempo, todo fue hacer más antropología, porque al hacer esas investigaciones, ampliamos el campo antropológico en México y espero que en otras partes del mundo. Que esto se haga en otros lugares, que se replique y vayamos conectando qué pasa en otros sitios. Aspiro a eso. Pero también re-teorizamos. Al hacer la investigación, también fuimos creando nuevas construcciones teóricas, nuevas categorías, nuevos problemas y metodologías de investigación. Ese vaivén entre teoría, investigación, lo jurídico y la política me gustó mucho. Ha sido una maravilla vivir eso. Es una forma de hacer política e investigación relacionando la vida de las personas concretas con el nivel macro, ¿no? Lo de lo macro está muy bien, porque en el día a día y en los pequeños movimientos feministas, populares, civiles, por la paz… hay una tendencia a la focalización y a lo pragmático, a lo directo. Y cuesta mucho remontar eso para poder hacer abstracciones y para poder hacer instrumentos abarcadores. Yo me preguntaba, ¿cómo vamos a convencer a la gente? Pero para eso sirven las leyes, para que las cumplan incluso aquellos que no estén convencidos. O sea, es otro enfoque. No es que lo macro esté separado de la vida de las personas, al contrario, encarna y se hace vida misma. Es una idea muy gramsciana. Una ley puede ser vida misma y es vida misma. Yo soy producto de las leyes de educación de mi país, y ¿algo ha tenido que ver en mi vida más que la educación? Lo dudo. Es vida misma. Si no hubiera esas leyes: del derecho de las mujeres a la educación, la educación pública, libre y laica, yo no estaría aquí. Entonces tiene todo que ver con mi vida. Y a eso aspiramos con las leyes que estamos haciendo ahora.

 

Esta investigación sobre el feminicidio,  ¿estaba sostenida y financiada por el Congreso mexicano?

Claro. Te puedes imaginar que allí no se mueve un dedo, y más si haces cosas innovadoras, si no va aprobado con sellos. Tuve la osadía –por eso soy feminista, porque soy osada–, de presentarle al Congreso un proyecto de investigación. ¿A quién se le ocurre? Nadie investiga para hacer su trabajo político, se lo encargan a otros. Yo presenté un proyecto de investigación, lo aprobé en comisiones y luego, como no sigo las reglas del juego, presenté una propuesta de presupuesto y el Congreso pagó la investigación. Y además dije que las investigadoras tenían que estar bien pagadas y que además tenía que haber acción afirmativa. Todo me aprobaron. Todo. Y me costó mucho trabajo, sobre todo la acción afirmativa de que sólo fueran mujeres y que sólo fueran expertas feministas en violencia de género. Porque quería cada quién meter a su gente y yo dije: “no la hago”. Y todo eso se dice fácil, pero cuesta un enorme trabajo.

Y la Ley General de Acceso de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia fue aprobada por unanimidad. Eso fue una obra de orfebrería, porque, claro, en el Congreso éramos quinientos en la Cámara de Diputados. ¡Convence a quinientos! Pues no, allí aprendí cómo se le hace: tienes que convencer a unos cuantos, saber quiénes deciden. Y cómo soy antropóloga, pues yo todo el tiempo estaba investigando, observando, analizando y entendiendo quiénes decidían allí. En unos meses yo ya sabía eso. También aprendes de otras colegas que ya habían sido legisladoras y que me enseñaron todo. Y aprendí a saber quién era quién en la política, porque yo no sabía. Yo nunca he sido política profesional. Entre los que lo son, se conocen, porque son como un clan. Pero aprendí eso e hicimos un trabajo logrando el acuerdo con el grupo político popular. La ganamos por el sistema jerárquico y vertical que hay. Y si no lo hubiéramos hecho así, nunca habría pasado la ley. Si hubieran votado por sí mismos, muchos hubieran votado en contra. Pero votaron con línea de partido. El grupo parlamentario del que yo fui diputada, el Partido de la Revolución Democrática, la izquierda en México, tenía como parte de la agenda del grupo parlamentario, la agenda del movimiento feminista. Y me apoyaron siempre y con todo. Yo era una de las diputadas invitadas cuando el partido se abrió a la sociedad civil y llevó, sobre un total de cien, a unos veinte diputados y diputadas que éramos externos. No éramos militantes con carné. Era una buena oportunidad y si me invitaron a ser diputada, era porque querían que dijera allí las cosas que decimos las feministas. Fue muy buen maridaje.

 

¿Cómo ves a la antropología española respecto a la antropología mexicana y latinoamericana? 

Por ser feminista, he leído a muchas feministas españolas, algunas de las cuales son antropólogas, otras filósofas. En España hay una buena escuela de filosofía feminista, pero también de antropólogas feministas. No conozco la antropología en general en España, pero me encanta ver cómo la gente está comprometida con la antropología y cómo les interesa y apasiona. Y aquí están maestras como Teresa del Valle, querida y admirada, y otras como Mariluz Esteban, Virginia Maquieira… a todas ellas las he leído. Y existe una colaboración de vaivén entre México, España, Guatemala… muy importante y que ha dado frutos enormes en formación de nuevas generaciones de estudiantes y de feminismo. Somos muchas antropólogas y antropólogos feministas  en México. No es algo excepcional, al contrario, es la pauta. Aquí también, en el Congreso de Antropología de la FAAEE, veo que el feminismo tiene un lugar importante en los simposios y en las mesas redondas y eso me tiene muy contenta. Además, me llevo un montón de libros y textos que desconocía de acá y espero aprender muchas cosas de ellos y de la antropología que se hace aquí

Entrevista: Maribel Blázquez Rodríguez y José Ignacio Pichardo Galá

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