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Así es que vivimos las mujeres en Colombia, rodeadas de hombres que viven en la edad de piedra en pleno siglo XXI, cuando palabras como inclusión, igualdad y equidad de género resuenan en los documentos estatales, en la boca de los ilustrados, en el corazón de las mujeres.

Pero no sirven para ellos: en encuesta reciente sobre violencia de género de Presidencia de la República, el 59 por ciento afirma que las agresiones sexuales son producto de la vestimenta nuestra, un 18 resalta que las víctimas “se lo buscaron”. Es decir, somos responsables por su falta de control, su animalidad desbocada, su enfermedad mental y sus acciones ilegales.

Luego, un 50 por ciento admite que teniendo pareja la gritaron e insultaron y un 10 por ciento justifica la violencia como fórmula para mantener la unión familiar: ¿no es pensamiento de trogloditas? Claro que sí, porque esta situación se vivió en las cavernas, cuando los monos humanoides dejaban el pelo y se erigían en sus pies con pensamiento abstracto para dibujar en las paredes. Se sobrevivía muy difícilmente, se aprendía sobre la marcha y se evolucionaba. Pero esa evolución maravillosa ha sufrido tremenda involución entre los colombianos machos.

El 36 por ciento afirmó que el papel de una buena esposa es obedecer a su hombre aunque esté equivocado y un 75 por ciento amenazó con que mejor es que no se le provoque cuando están bravos, traducción: somos bestias y no resistimos la contradicción. ¿En qué etapa de la evolución se quedaron estos machos nacionales? Solo les falta un poco de pelo para igualarse con los gorilas, aunque estos animales tienen un instinto familiar increíble y protegen a sus hembras y sus crías, a las que hacen grandes demostraciones de afecto.

Y la joya llega cuando el 41 por ciento de ellos afirma que nuestro papel más importante es cuidar la casa y cocinar para la familia: la anulación total. Tal vez porque nunca lo han experimentado, los hombres siguen pensando que esa tarea no causa sino bienestar y sabrosura, cuando existe una corriente mundial que señala que la economía del cuidado que realizan las amas de casa equivale casi a un 25% del producto interno bruto de los países. Y no produce dicha y satisfacción: requiere grandes dosis de paciencia, tolerancia, dedicación y renuncia al libre desarrollo de la personalidad, una carrera, un crecimiento.

No sabría cuál de las respuestas es más dolorosa e injusta con las mujeres, pero más preocupante es que se nos endilgue la responsabilidad de las violaciones y abusos sexuales a que somos sometidas, en un país donde solo en 2010, 52.000 mujeres fueron víctimas de violencia intrafamiliar, en razón del género. Y surge la pregunta más angustiosa: ¿qué clase de personas estamos criando para que conduzcan el país más adelante? Siquiera para 2030 ya estaré mascando el agua, si me condena el Universo a permanecer viva y seguir dando esta batalla por la humanización de la sociedad, por la equidad de género y los derechos de la mayoría de la población, que somos nosotras, para construir una Nación de individuos tolerantes y respetuosos de los derechos del otro, la otra.

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